jueves, 22 de noviembre de 2007

La naranja mecánica en los cines

No, no me refiero a que se vaya a proyectar esta película en los cines. Me refiero a otra cosa, muy preocupante, que vengo observando desde hace algunos años en los cines, y que, de continuar por el mismo camino, acabará por ser algo parecido a la película de Kubrick.

Como aficionado al cine suelo asistir a alguna proyección casi todas las semanas. Hace muchos años, mucho antes de los multicines, cuando sólo había una sala en el cine, recuerdo al "acomodador", ese individuo que entraba en la sala con la linternita para que los que llegaban tarde a la proyección no tropezaran y se abrieran la cabeza contra algún respaldo. También velaba por el orden y limitaba los desmanes de ocasionales escándalos que pudieran acaecer. La figura del acomodador tenía un respeto, más que nada porque podía echarte a la calle y te quedabas sin ver la película, así que todos seguían sus instrucciones y guardaban el oportuno silencio cuando el acomodador así lo espetaba.

Ahora, en las modernas salas de los multicines, parece que ya no es necesaria la figura del acomodador. En los escalones hay unas lucecitas por las que puedes guiarte para caminar y para ver la fila en la que vas a sentarte. Estas lucecitas, ayudadas por la propia iluminación de la pantalla, hace innecesaria la presencia del acomodador y su linternita para guiar a la gente que entra en la sala cinematográfica una vez empezada la proyección.

Eliminado el acomodador, se elimina el respeto por el mismo, el temor a ser echado de la sala y, muchas veces, el respeto por el resto de la gente que está viendo la película. Como decía al principio, desde hace algunos años vengo observando un fenómeno ciertamente preocupante que parece ir a más por momentos.

Se trata de los grupitos de adolescentes, tanto masculinos como femeninos, a veces mezclados (esta situación es la peor), que siempre se sientan en la última fila de la sala, y que se pasan casi toda la proyección gritando (ojo, no hablando, sino GRITANDO), riendo a carcajada limpia lo más fuerte que pueden, y haciendo toda suerte de ruidos (eruptos, patadas, onomatopeyas, etc.). De esta forma, para el resto de la gente que hay en la sala ver la película se convierte en una auténtica pesadilla, por las graves molestias que causan los/as sujetos/as de arriba. Esta situación se viene repitiendo demasiadas veces en los últimos tiempos.

Ahora bien, ¿por qué se gasta alguien casi 6 euros para no ver la película, para estar gritando durante interminables minutos y para no dejar a los demás atender a la proyección? ¿No sería mejor gritar y reir en la calle? ¡Es gratis! No hay que gastarse 6 euros y se puede gritar a pleno pulmón, correr, pegar patadas y descojonarse por el suelo hasta que se cansen. ¿Qué extraña razón impulsa a estos perturbados a actuar de esta manera? Sin duda una cuestión de difícil respuesta.

Sin embargo, esto no es todo. La situación más grave que yo he visto en un cine fue hace unas 3 semanas, en los multicines sitos en Benicarló. Fui un sábado por la tarde a ver una película cuyo título no recuerdo o no quiero recordar. La sala tenía 18 filas y yo me senté en la 15. En total unas 30 personas en la sala. Mientras echaban la publicidad entró una manada de 5 adolescentes viciosos que se sentaron en la última fila del cine. Cada uno de ellos portaba un vaso extragrande de refresco y un recipiente gigante de palomitas. Empezada la proyección de la película, como era de esperar, empezó el desaguisado. Gritos, risas, ruidos extraños, acabaron con la paciencia de más de uno, que se dirigió a los delincuentes para exigirles educación y un ligero silencio. La contestación a esto fue una nueva retahila de gritos, risas, insultos y burlas.

Mediada la proyección de la película, pude observar estupefacto cómo volaban por la sala un par de vasos de refresco y otro par de recipientes de palomitas (por la trayectoria y velocidad de los mismos pude deducir que vacíos), que fueron a parar unas cuantas filas más abajo en las cabezas de varios tipos que supongo sumarían su estupefacción a la mía. Ni una palabra por parte de nadie. Tan solo las risas y ruidos de los gamberros. A lo largo de los siguientes minutos, volaron de nuevo vasos de refresco y cajas de palomitas que impactaron certeramente en la gente que estaba más abajo, hasta que los facinerosos acabaron con el stock que tenían de vasos y cajas. Los impresentables lo estaban pasando en grande. Nadie dijo ni una palabra. ¿Temor? ¿Miedo? ¿Indiferencia? ¿Resignación? Quizá un poco de cada cosa.

Así está el patio (nunca mejor dicho). Estamos en manos de los salvajes. Ya no es suficiente con el simple hecho de que no te dejen ver tranquilamente la película con gritos y ruidos, ahora además hay que aguantar el lanzamiento de objetos que impactan en las cabezas de la gente para diversión de algunos tipejos. ¿Qué problema mental tienen? ¿Son idiotas? ¿Es una conducta normal, producto de las hormonas? ¿Es la alimentación la culpable de este comportamiento? ¿Los padres? ¿Los profesores? ¿La no-educación que reciben? Urge un estudio a fondo por parte del Ministerio competente.

Este comportamiento se refleja cada vez más en la sociedad. Cada día está más cerca el que se haga realidad lo que Kubrick nos cuenta en "La naranja mecánica". Año 2006. Grupos de adolescentes circulan por la calle pegando palizas al que se les ponga por delante y no les caiga en gracia. En los colegios ya está a la orden del día. Pronto empezarán las palizas a vagabundos y ancianos.

Como diría el otro, "vaya escándalo caballeros". Esto se viene abajo. Que cada uno salga por donde pueda.




Una asistente a una sesión en el cine, a los 20 minutos de proyección.

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